domingo, 21 de septiembre de 2014

HORMIGAS

(Escrito y representado para comenzar el curso 08-09 en el CEIP El Quijote)

   No os lo vais a creer pero este verano me he hecho amigo de una hormiga. Sí, una de esas bichitas negras con seis patas que siempre van arrastrando cargas más grandes que ellas y que suelen ir en pandilla a todas partes. Sí,  esas que en lugar de hacer casas, como todo el mundo, se dedican a agujerear el suelo sin importarles nada la crisis inmobiliaria ni la economía. Pues eso, en resumen, una hormiga.
No sé cómo se llama ni sé si las hormigas  se llaman, pero yo la he puesto Clara. No por su aspecto porque es más negra que la boca del lobo sino por lo claras que tiene las cosas.
Estaba a punto de poner mi zapato sobre ella cuando oí que me decían:
-¡Cuidado, animal!
Me quedé paralizado porque estaba completamente solo en el campo, o eso creía yo. Después de mirar a mi alrededor y no ver a nadie quise continuar mi camino, un poco mosqueado, lo confieso. Pero al levantar el pie para dar el primer paso volví a escuchar: - ¡Cuidado, tío! ¿Estás sordo?
Esta vez miré al suelo y la vi.
Con las dos patas delanteras cubriéndose la cabeza, aterrada, estaba Clara esperando mi pisotón. No es una postura normal para una hormiga, por eso adiviné que era ella la que me increpaba. La cogí cuidadosamente, la puse en la palma de mi mano y le dije disculpándome:
-         Perdona, chica, pero eres tan pequeña que no te había visto.
-         No es que yo sea pequeña, es que tú no miras.
-         Lo siento pero, pequeña, eres bien pequeña.
-         ¿Y eso te da derecho a pisarme? Más pequeñas son las células de tu cuerpo y mira cómo las cuidas.
-         ¡Hombre! para eso son mías.
-         ¡Ah! ¿Es eso? ¿Sólo cuidas lo tuyo?
-         No, pero…
-         Pues has de saber que yo me paso todo el día cuidando y alimentando a bebés que no son míos.
-         Ya, ya sé que las hormigas sois admirables en muchos sentidos.
-         No nos hagas la pelota. Lo que tienes que hacer  es abrir más los ojos y estirar las antenas. Por cierto ¿dónde están tus antenas?
-         No, pequeña, los humanos no tenemos antenas.
-         No me llames pequeña. ¿Cómo que no tenéis antenas? ¡Ja! Ahora me explico. Sin antenas ¿cómo vais a saber cuándo un amigo está triste o necesita ayuda o le duele algo que le habéis dicho? ¿Eh?
-         Pues… esperamos que nos lo cuente.
-         ¿Y si no lo cuenta? ¿Qué? ¿Pasas por encima de él y lo aplastas como a mí, casi, hace un momento? Sin antenas no se puede andar por la vida. No puedes conocer de verdad a la gente, ni lo que siente, ni lo que le pasa.
-         Pues te aseguro que hay muchos así en mi especie.
-         Ya me habían advertido a mí que vais mucho a lo vuestro y que tenéis un problema con el tamaño: “el más grande, el más guapo, el más listo, el más, el más.
-         Bueno, pequeña… ¡Perdón! ¿No crees que te estás pasando?
-         No. Y has de saber que hay cosas pequeñas bien importantes. Vuestros niños son pequeños ¿no? Y son importantes. ¿Un beso? Es pequeño. Y es importante. ¿Una lágrima? Es pequeña y es importante. Las letras de un libro son muy pequeñas, en realidad son hormigas y muchas veces dicen cosas importantes. Bueno ¡adiós! Que yo tengo mucho trabajo.
-         ¡Oye, espera, espera! ¿Cómo  te llamas? ¿Cuándo puedo volver a verte?
-         Andaré cerca. Tú abre bien los ojos.
-         Pero  es que… todas sois iguales. No te voy a reconocer
-         ¿Ah, sí? ¿Eso es todo lo que has aprendido? Todas somos distintas, sólo tienes que observar con atención.
-         No te vayas, por favor
-         Sí, ya no me necesitas. Ahora te toca caminar y pensar. Vamos a ver si eres capaz de cuidar a las hormigas… y a las personas. No lo olvides. ¡Las antenas!

Y se fue, mi amiga Clara. Pero yo sé que está por aquí cerca. Si alguno de vosotros la encuentra le da recuerdos y le dice que en este colegio tiene muchos amigos que se esfuerzan en distinguir a las hormigas.

¡BIENVENIDOS TODOS Y TODAS UNA AÑO MÁS AL HORMIGUERO!

sábado, 4 de enero de 2014

GRACIAS, PROFE

Gracias, profe,

por enseñarme

a  atarme los cordones de las botas.

Probablemente cuando sea mayor

los zapatos ya no llevarán cordones,

ni  velcros, ni adhesivos.

Quizás un chip electrónico

regule el abrazo y la presión

de las solapas de cada zapato a cada pie.

Pero de todas formas,

gracias por enseñarme

a atarme los cordones de las botas,

como los afluentes

por la derecha y por la izquierda

de un río que jamás navegaré,

porque además ni es navegable,

como las notas musicales

que seguirán formando escalas

sin que yo suba ni baje por ellas

a ningún cielo ni a ningún infierno.

Pero de todas formas, profe,

gracias por enseñarme

a atarme los cordones de las botas,

o los afluentes

por la derecha y por la izquierda de aquel río

o las notas musicales,

porque aunque lleguen a serme completamente inútiles,

me será difícil olvidar

el empeño que ponías en que aprendiera

y, lo más curioso,

que ese empeño se repetía con todos y cada uno,

como si creyeras

que todos íbamos a ser

médicos, músicos, ingenieros…

¿Eso creías?

¿O tu única creencia era que todos,

aunque bien distintos,

debíamos tener las mismas puertas abiertas

y no cerrarnos ningún camino antes de tiempo?

Si algún día siento la tentación

de despreciar a alguien por ser distinto,

no podré por menos de acordarme

de tu empeño en hacernos sentir

igualmente capaces y valiosos ante la vida,

con todos los caminos abiertos por delante.

Bien pensado,

creo que voy a hacer un viaje

hasta aquel río

y comprobar que sigue teniendo

los mismos afluentes por la derecha y por la izquierda.

Luego, de vuelta,  aprenderé a subir y bajar escalas

para comprender cómo armonizan

las alturas y las profundidades.

Y al final, cuando ya no pueda

siquiera atarme los zapatos,

pensaré en ti, profe,

y en la maña que te dabas

para hacernos pasar de las cosas "inútiles"

al valor de las personas.