sábado, 4 de enero de 2014

GRACIAS, PROFE

Gracias, profe,

por enseñarme

a  atarme los cordones de las botas.

Probablemente cuando sea mayor

los zapatos ya no llevarán cordones,

ni  velcros, ni adhesivos.

Quizás un chip electrónico

regule el abrazo y la presión

de las solapas de cada zapato a cada pie.

Pero de todas formas,

gracias por enseñarme

a atarme los cordones de las botas,

como los afluentes

por la derecha y por la izquierda

de un río que jamás navegaré,

porque además ni es navegable,

como las notas musicales

que seguirán formando escalas

sin que yo suba ni baje por ellas

a ningún cielo ni a ningún infierno.

Pero de todas formas, profe,

gracias por enseñarme

a atarme los cordones de las botas,

o los afluentes

por la derecha y por la izquierda de aquel río

o las notas musicales,

porque aunque lleguen a serme completamente inútiles,

me será difícil olvidar

el empeño que ponías en que aprendiera

y, lo más curioso,

que ese empeño se repetía con todos y cada uno,

como si creyeras

que todos íbamos a ser

médicos, músicos, ingenieros…

¿Eso creías?

¿O tu única creencia era que todos,

aunque bien distintos,

debíamos tener las mismas puertas abiertas

y no cerrarnos ningún camino antes de tiempo?

Si algún día siento la tentación

de despreciar a alguien por ser distinto,

no podré por menos de acordarme

de tu empeño en hacernos sentir

igualmente capaces y valiosos ante la vida,

con todos los caminos abiertos por delante.

Bien pensado,

creo que voy a hacer un viaje

hasta aquel río

y comprobar que sigue teniendo

los mismos afluentes por la derecha y por la izquierda.

Luego, de vuelta,  aprenderé a subir y bajar escalas

para comprender cómo armonizan

las alturas y las profundidades.

Y al final, cuando ya no pueda

siquiera atarme los zapatos,

pensaré en ti, profe,

y en la maña que te dabas

para hacernos pasar de las cosas "inútiles"

al valor de las personas.